Goliat, Aquiles, Gengis… ¿Qué más da el nombre o el tamaño del enemigo cuando lo que realmente cuenta en la batalla es su poder?

Nadie habría apostado ni siquiera un Yen por él cuando empezó la contienda. A fin de cuentas… ¿Quién era él? Alguien mundano; un mortal. Un hombre. Un hombre nada más… pero también nada menos.

Ante tan terrible enemigo aparecía como algo insignificante. Apenas nada; apenas nadie.

Aún así, la lucha ya duraba más tiempo del que nadie calculara jamás. Por supuesto, y como cualquier hombre, había tenido momentos de flaqueza. Había hincado varias veces la rodilla en el suelo, y había llorado de dolor y de rabia. En momentos así, recordaba anécdotas que habían transcurrido a lo largo de su vida. Recordaba hechos y palabras que aparentemente en su día no tenían mayor importancia; el ánimo y afecto de quienes le apoyaban, o las palabras que su madre repetía en cualquier momento, sin dudarlo, donde y delante de quien fuera menester: “El, es el más valiente de mis hijos.”

 

Entonces, se levantaba, y si no lo decía en voz alta, lo pensaba:

-         Es verdad que estoy realmente agotado. Te creían invencible y quizás aún lo seas. Pero estoy aquí, y todavía no me has vencido. Para hacerlo, tendrás que esforzarte más. Para vencerme, tendrás que ser aún mas fuerte. Así y todo, dudo mucho de tu victoria. Nunca jamás esperes mi rendición. Y ni te miento a ti, ni a mí mismo.

 

Antes de terminar de pensarlo, ya estaba arremetiendo de nuevo contra el terrible gigante. Con tanta determinación, que el resultado final quedaba de nuevo en suspenso.

 

 

 

 

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