De repente… se paró.

Se quedo absolutamente quieto; como sumido en pensamientos que acudieran a su mente sin aviso previo de llegada.

Lentamente, él giro la cabeza a un lado, y luego al otro. Observó a la gente de su alrededor, que corría como despavorida para guarecerse de una tenue llovizna de verano, que apenas llegaba a calar.

¿Cuánto tiempo hacia que no pisaba un camino de tierra? ¿Dos meses? ¿Cómo había llegado a esa situación?

De forma súbita, se había percatado de detalles como el olor de la humedad o el sonido que producía el golpeteo de las gotas de agua sobre el suelo, opacando un silencio tan intenso como el miedo de un moribundo consciente de ser moribundo.

Allí, en mitad de una calle de tierra que ahora empezaba a ser de barro, sintió las gotas caer sobre su cara, y resbalar por su cuello decenas primero, y después centenas quizá, de diminutos riachuelos que en su imaginación adquirían un danzarín reflejo plateado, y que se deslizaban limpios entre el verde y el ocre de un bosque que sabía como filtrar los rayos del sol para convertir la luz de por sí en arte; el mismo bosque que imaginaba desde que era un niño, y que tal vez nunca existió excepto en su imaginación.

 Si; de repente, se paró.

Lo primero. Lo importante. Lo urgente. Lo necesario. Lo primordial. Lo vital.

Todo eso, de repente se paró. Se quedó absolutamente quieto.

El, mojado, fresco y consciente… sonrió.

 

 

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