Categoría: Sin categoría


*

                                                            
 

 

Rompo desde aquí, una pequeña lanza en favor de Tíbet, vertiendo mi opinión de forma estrictamente personal.

 Aunque pienso que las fronteras son tan solo marcas dibujadas con la orina de los perros que quieren apaciguar su afán de poder (delimitando “su”  territorio), estoy convencido de que si Tíbet tuviese el petróleo de Kuwait, las fuerzas de la comunidad internacional ya habrían tomado cartas en cuanto al asunto de la terrible y sangrienta invasión por parte del pueblo chino a Tíbet, desde hace mucho tiempo; pero no obstante, cada día que pasa, los grandes mandatarios tienen menos pudor a la hora de enseñar sus vergüenzas al mundo, porque ellos ni tan siquiera lo ven ya como algo vergonzoso. Lo único que realmente les importa, son sus intereses políticos, el poder, y sobre todo el dinero.

 No dudan en enviar sus tropas (aunque de pacificación, también siempre bélicas), a tal o cual país, siempre y cuando esto suponga obtener una “zona” estratégicamente importante, o en su defecto, cuantiosos beneficios económicos.

 Tíbet, quizá uno de los países más pacíficos (aquí se habla de PAZ) que existen, en el que sus habitantes intentaron repeler en 1950, la terrible agresión de China (provistos de armas automáticas y modernas), con las armas de su arsenal, que constaba de poco mas que lanzas, arcos y flechas. Esto nos podría llevar a plantearnos lo siguiente: ¿Es suficiente motivo el hecho de que un país con soberanía no piense en matar, (y no dedique grandiosas partes de su presupuesto en armamento), para invadirlo y adueñarse de él? ¿No sería mas cómodo el mundo, si los demás países tomasen ejemplo de Tíbet y las personas no pensaran en matarse unas a otras?

 

 Nos hablan de la soberanía de los países, de sus culturas, de sus creencias propias, etc. Pero esas cosas ya no importan. La riqueza cultural de un país, ya no es riqueza si no va acompañada de pozos petrolíferos, diamantes, oro…

  Se está perdiendo la vergüenza, si es que no se ha perdido ya. Gentes de familias adineradas, y con una educación tan exquisita que se nos escapa, no dudan en pelearse como perros o insultarse unos a otros delante de millones de espectadores a través de los medios de comunicación, para conseguir un mísero voto en las urnas, que les permita aumentar así su poder, su estatus, y sobre todo sus arcas, en nombre de la democracia, la república o el sistema político que toque en esos momentos, argumentando que quieren aumentar nuestro bienestar social; que lo que desean con todas sus fuerzas, es ayudarnos a vivir mejor.

  Señores, si es por eso, a mí no me ayuden; ya vivo por mí mísmo, al tiempo que intento respetar a quien tengo al lado. Ayúdense ustedes, que aún con sus arcas llenas, están más necesitados.

   En mi opinión, los Valores del Tesoro, son lo de menos valor en comparación con otros valores, como por ejemplo lo puedan ser los Valores Humanos. Ni sé, ni soy quien para enseñarles, pero ya que lo tienen, deberían aprender a usar el poder para intentar hacer el bien en el mundo.

 

 

               

  
 

Controlar la excitación, jamás me resultó tarea fácil.

 
- No fuerces ahora; tan solo limítate a calentar músculo y elongar tendón.
- Hai, sensei. Lo siento.
 
Escucho por megafonía el nombre que me identifica, seguido de otro que me resulta extraño: anuncian el próximo kumite o combate, y los asistentes al evento lo aprueban con tímidos aplausos.
 
- ¿Quién es, sensei? -Pregunto-
- El sudafricano alto. Deberás acortar distancia y trabajarlo desde dentro. No te separes. Usarás técnicas cortas como mawashi gedan geri tanto interior como exterior, al fémur. Y mucho shita tsuki a las costillas flotantes…sobre todo de gyaku. Todo muy corto; pegado a él, excepto si falla al medir distancias o duda al atacar. Que no te encuentren sus piernas. Este kumite debe ser mero trámite para nosotros. Hay que ganar.
- Hai, sensei.
 
Mientras escucho los consejos, busco a mi futuro adversario con la mirada; y cuando lo encuentro, él ya me esta mirando. Me conoce, o al menos ha oído hablar de mí. Está preparado, y me saluda con media sonrisa que no sé como debo interpretar, así que respondo a su saludo con una leve (pero al mismo tiempo solemne, respetuosa y seria) inclinación a modo de saludo japonés tradicional, de la forma más pura que soy capaz de efectuar. Pierde la media sonrisa, y eso me dice que sin proponermelo aún, ya voy ganando.
 
Al entrar en la zona, ambos saludamos al tatami y nos dirigimos al centro. El público ya ha empezado a hacer audible su perenne susurro, su murmullo. Por su parte, el juez principal nos explica las normas elevando fuerte su voz, como si acaso tuviera algo personal en nuestra contra. Cuando termina, nos ordena volver a nuestros puestos. Siento latir mi corazón con fuerza, y el circular de la sangre por mis venas regando los tensos músculos que han sido preparados durante años, para este momento. Me siento ligero y al mismo tiempo aferrado al suelo. Mi rival clava los ojos en mi y yo los mios en él. Ojos negros rodeados de un blanco que destaca sobre su negra piel. Es fuerte, y también aparenta ser rápido y ágil. Ya no tiene la sonrisa. No estoy solo: sé que mi sensei está situado fuera del tatami detrás de mí, atento a todo cuanto ocurre, e incluso a lo que podría ocurrir si él no me avisa antes y entre los dos lo evitamos.
 
El juez principal se sitúa en posición de combate entre mi rival y yo, dandonos a cada uno un perfil diferente, sin mirarnos… y levanta sus puños en guardia como si fuera él mísmo quien va a luchar. 
A estas alturas, el resto del mundo incluído el público, ha dejado de existir en todos los aspectos.
Silencio; aunque soy consciente de la tremenda algarabía que debe haber en las gradas. Silencio; ya no oigo a quienes me animan con sus gritos, ni a quienes animan a mi contrincante. Silencio; ya no oigo.
Suena la voz del juez: ¡Kumite dachi!
Abro mi posición de combate, y también mi rival. Adelanto mi pierna izquierda, y él la derecha: es zurdo. Escucho a mi sensei detrás: ¡Es zurdo, Bumi, es zurdo!
De repente, como si de un trueno se tratara, se escucha la orden de empezar:
 
¡AJIMEEEEE…!
 
Suelto al cielo mi kiai como si se tratara del grito de mil demonios y voy hacia mi adversario y compañero. Pienso rápida e intensamente. Solo existe él y yo en el mundo. Cientos de sensaciones se agolpan en mí. Este es el momento para el cual me he preparado; el momento en que dejo atrás tanto sufrimiento. Es mi momento. Aquí no se aceptan mentiras; es real. Siento que toco la vida. Siento la vida en mí. Me siento yo. Ahora, soy yo y estoy conmigo.
Estoy vivo.
 

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.