“Recuerdo entre neblinas, debido sin duda al paso del tiempo, que en aquella época el calor era tan intenso, que si dijera que el sol caía con justicia, estaría convirtiendo esta frase en un comentario absurdo. Entre otras cosas, porque no creo que el sol sepa discernir entre lo que es justo o injusto.
Avanzaba sin demasiado ánimo, quizá porque mis pensamientos estaban en discordancia con cada uno de mis pasos, así que pregunté:
-Maestro, ¿Qué tenemos que hacer allí? -Nada. –Respondió sin mirarme. Su respuesta añadía aun más desazón en mi ánimo; así que decidí insistir de nuevo. -En ese caso, ¿Por qué motivo tenemos que recorrer tanta distancia con este calor, y además caminando? – Para aprender, claro. Cuanto menos, a no tener prisa, a vivir despacio… Siempre se aprende si se mantienen los ojos abiertos. ¿Ves aquel árbol en la lejanía? Cuando lleguemos allí, aprovecharemos su sombra para descansar. Cuando llegamos al punto que él había dicho, descargamos nuestros bártulos para descansar y dormir un poco; mi cuerpo exigía su tributo por el esfuerzo realizado. El árbol era muy frondoso. Sus verdes hojas ofrecían una sombra fresca y confortable, al tiempo que opacaban levemente el trinar de algunos pajarillos que habitaban las ramas altas de su copa, que mecidas por una suave brisa, conseguían crear un ambiente confortable, relajante y apaciguador. Me dejé caer bajo la sombra, y mire a mi maestro. Este se encontraba de pie, oteando el entorno: el horizonte, el cielo, la dirección del viento…Como si acaso hubiera un sitio mejor para descansar en varios kilómetros a la redonda. Si es pecado, lo llevo dentro; pero por mi mente paseó libremente un fugaz pensamiento sobre los efectos que puede llegar a causar la vejez en la cordura de los hombres, por muy coherentes que éstos puedan llegar a ser. Seguidamente, me adentré de forma casi inconsciente en la dimensión de los sueños, donde la mente nos traslada a mundos que solo ella decide. Al cabo, como si de mil lanzas se tratara, la luz y los rayos del sol me despertaron. La piel de mis manos, mis brazos, mi cuello y mi cara, estaba enrojecida e hinchada por los efectos del sol; éste, en el transcurso de su viaje y durante mi sueño, había cambiado de forma y lugar la sombra, dejándome totalmente expuesto a sus inclemencias. Dolorido, volví a mirar a mi maestro, que aún dormía unos metros mas allá, resguardado del sol y cobijado por la sombra que ahora le ofrecía el árbol, como si el mismo árbol hubiera decidido protegerlo a él en vez de a mí. No podría asegurarlo con total certeza, pero creo recordar entre neblinas, debido quizás al paso del tiempo, que posiblemente se intuía, remota, la existencia de una leve sonrisa en su rostro.”(Del libro Wo-Oshimu, de Ichigeki Hisatsu Shibumi-san)



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