El Perfume, de Patrick Süskind

 

“Su olfato lo distanció aún más de sus congéneres, lo acercó aún más al polo magnético de la mayor soledad posible.
Tardó un momento en convencerse de que había hallado en el planeta un sitio prácticamente carente de olor. Sólo se percibía el sosegado aroma de piedras muertas. Había algo sagrado en ese lugar.
 Libre de toda distracción externa, pudo regodearse con su propia existencia y le pareció espléndida. Casi había olvidado sus planes y obsesiones y podría haberlo hecho.

(…)

En su ropa había miles de olores; solo había un olor ausente: el suyo.
Por primera vez en la vida, se dio cuenta de que no tenía olor propio. Comprendió que siempre había sido invisible para todos los demás. Ahora lo embargaba el temor a su propio olvido. Era como si no existiera.

(…)

Debía retomar su viaje a Grasse. Allí le enseñaría al mundo que no solo existía, que era alguien, sino que era excepcional. A partir de esa decisión, parecía que los dioses empezaron a sonreírle.

La primera gota y la última. El principio y final de todo.
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